Adicciones y violencia en la adolescencia: por qué es urgente abordarlas desde la Coeducación

Por Maricruz Garrido, integrante de DoFemCo.

En la década de los 80, paralelamente al proceso de democratización de nuestro país, vivimos los primeros intentos institucionales de modificar la educación, entre otras cosas, para que incluyera valores indispensables en el buen funcionamiento de esa democracia incipiente, sabiendo que el sistema educativo es, precisamente, un  pilar esencial de la misma. 

Quienes éramos estudiantes adolescentes entonces recordamos todo lo nuevo y bueno que iba llegando a nuestro día a día en las aulas. Nos daban charlas sobre sexualidad, impensables durante el franquismo. Hablábamos abiertamente de temas nunca vistos en la escuela: de la guerra civil, de la memoria histórica, de política, de igualdad entre mujeres y hombres.

Paralelamente, en las calles, la recién estrenada libertad de expresión eclosionaba en varias formas vistosas: tribus urbanas, estilos musicales, letras irreverentes, pelos de colores, ropas llamativas, y una nueva oleada que acompañaba al divertimento: las drogas. 

La vistosidad de los efectos de las drogas formaba parte del cuadro del panorama juvenil, y se hacía notar, intencionadamente, incluso, por parte de iconos y referentes de la música y la moda. Pronto las adicciones juveniles, sin embargo, dejaron de ser algo vistoso para tornarse en algo insultantemente visible. Las drogas empezaron a mostrar sus efectos devastadores, destrozando la vida de miles de adolescentes y jóvenes ante la impotencia de familias que jamás habían conocido nada igual. 

40 y pico años más tarde, ahora como docente con profunda conciencia feminista, observo que el consumo de drogas entre jóvenes y adolescentes, lejos de haber desaparecido, sigue en aumento preocupante día a día, con la única diferencia de que este hecho pasa muy desapercibido para la mayoría de la gente, ya que los efectos de muchas nuevas drogas, a menudo, no son tan “vistosos” como solían ser. Digamos que vivimos en una era de “corrección visual” que esconde la verdad y no nos permite diagnosticar las adicciones, ni actuar para combatirlas eficazmente.

En el reciente III Congreso de DoFemCo, dedicado a la Coeducación frente la Violencia contra las Niñas y las Mujeres  abordé la cuestión de las adicciones y la violencia en la adolescencia analizando el informe de referencia ESTUDES (Ministerio de Sanidad, publicado bienalmente desde 1994 hasta el momento), con datos cuantitativos y longitudinales segregados por sexo sobre adicciones a distintas sustancias en alumnado de Secundaria. 

Mi análisis quiere señalar dos aspectos que necesitan atención urgente desde una perspectiva feminista: 

En primer lugar, es muy preocupante que no se perciba el impacto de género en datos que solo son aparentemente igualitarios, como los del consumo de alcohol o cannabis, dado que cuantitativamente presentan escasas diferencias entre chicos y chicas. A estas alturas sabemos, por el contrario, que todas las sustancias tienen un impacto desigual en chicas y en chicos, precisamente por nuestra distinta biología y anatomía, o que las chicas tienen muchas más probabilidades de morir o de enfermar gravemente por esa razón. Tampoco se considera el desigual estigma social que esto conlleva para chicas y chicos en su futuro profesional o simplemente a nivel relacional.

En segundo lugar, y con mayor razón, ante el aumento exponencial de la violencia sexual contra las chicas, porque sabemos que todas las nuevas adicciones son un coadyuvante peligrosísimo y silenciado de la violencia machista, ya que los chicos consumen cada vez más sustancias estimulantes, (que generan agresividad) entre ellas, algunas tan populares como las bebidas energéticas mezcladas con alcohol, mientras las chicas consumen cada vez más hipnosedantes (que generan pasividad e inacción). Es decir: las drogas hacen a los chicos más violentos y a las chicas más sumisas.

El abordaje feminista es imprescindible, por lo tanto, para comprender el verdadero alcance de este fenómeno silencioso y, por tanto, cómodo para la sociedad, pero no por ello menos destructivo que aquella oleada tan visible de los inicios en las drogas en los años 80.

Si bien el gobierno ha ido tomando medidas desde la Estrategia Nacional sobre Drogas 2000–2008, aprobada por el Real Decreto 1911/1999, con distintos programas educativos, campañas y estrategias, todo, claramente, ha resultado ineficaz e insuficiente hasta la fecha, a la luz de los datos que este informe presenta bienalmente. Un dato que me conmueve es, precisamente, el último que suele aparecer en estos informes. Más del 90% de chicas y chicos piden, invariablemente, año tras año, en este informe oficial, que la escuela sea el sitio principal de información y prevención. Escuchemos a nuestras alumnas y alumnos y atendamos su invariable petición de ayuda. Es un deber ético de toda la sociedad.

Por eso debemos instar a las autoridades educativas a analizar sus valiosísimos datos con perspectiva feminista y a preparar ya un plan de prevención que vaya más allá de campañas o charlas y se introduzca de manera transversal en todo el sistema, dentro de un plan verdaderamente coeducativo, pues sin coeducación, no hay igualdad y sin igualdad, los chicos seguirán estimulándose para gestionar su ira y las chicas seguirán sedándose para esconder la suya.


Póster “Adicciones en la adolescencia: coeducar para prevenir” presentado en el III Congreso Internacional DoFemCo: La Coeducación frente a la violencia contra las niñas y las mujeres – Convocatoria de pósteres.


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