Los hombres que vinieron a hablar. Reflexiones sobre la política de la deconstrucción masculina.

Publicamos aquí el artículo de nuestra compañera de DoFemCo María Loureiro “Los hombres que vinieron a hablar“, publicado en El Común el 25/06/2026

— “Compañeras, os propongo organizar un taller de diversidad, disidencia y nuevas masculinidades; queremos explicaros cómo estamos viviendo los hombres este proceso”.

La frase puede resultar familiar en muchos espacios y programas de igualdad, pues resume algo que se ha ido normalizando sin conflicto aparente: donde el feminismo analiza la subordinación material de las mujeres —el trabajo, la violencia, la desigualdad económica, el control de la sexualidad— aparecen ahora hombres que revisan su identidad, que hablan de sí mismos, que se “deconstruyen”. Empiezan participando y terminan ocupando el espacio.

Esto ha entrado de lleno en las políticas públicas. Programas de igualdad, planes y proyectos municipales incorporan intervenciones centradas en la identidad, la formación emocional y el acompañamiento de los hombres. Mientras tanto, las necesidades materiales de las mujeres en situación de violencia o precariedad continúan sin recibir la respuesta necesaria. Es una cuestión de prioridades; y las prioridades son política.

Muchos programas para hombres y propuestas educativas para adolescentes parten de la idea de que la desigualdad y la violencia machista se explican, en gran medida, por la manera en que los varones viven su masculinidad. El problema no es que estos programas ignoren los privilegios o la violencia; de hecho, a menudo aparecen de forma explícita en los materiales educativos empleados. Tampoco es un problema que los chicos analicen su propio comportamiento; al contrario: es algo necesario. El punto de ruptura llega cuando el conflicto deja de estar en la estructura social y en la opresión y se desplaza en exclusiva al terreno personal, en busca de hombres “más conscientes”, “más abiertos” o “más deconstruidos”.

Cuando se lleva el conflicto político a la psicología individual, la explotación se convierte en mala gestión, la dominación en un conflicto emocional y la violencia machista en problemas de masculinidad. Incluso fenómenos como la prostitución acaban explicándose como falta de educación afectivo-sexual, y no como un sistema de explotación basado en la violencia sexual contra las mujeres. Cuando esto ocurre, el conflicto deja de ser estructural y la intervención política se desplaza hacia la gestión terapéutica de las conciencias.

El análisis materialista rompe con esa lectura: un hombre puede hacer terapia, llorar o revisar su conducta y seguir ocupando exactamente la misma posición social. Porque el patriarcado no es una suma de comportamientos individuales, sino una relación social material que organiza la explotación del trabajo, del tiempo y de la capacidad reproductiva de las mujeres, y que blinda su subordinación al poder político y económico de los hombres. Opera como estructura social que se reproduce más allá de la conciencia, de las intenciones o de las transformaciones personales.

Es cada vez más frecuente la figura del hombre que se revisa a sí mismo como forma de intervención política. Esa revisión tiene un límite claro: llega hasta donde no implica pérdida de privilegio. Es fácil cambiar el lenguaje, participar en carreras de hombres con tacones u organizar talleres y otras iniciativas simbólicas; lo difícil es tocar lo que sostiene el sistema. Sin embargo, esta tendencia a interpretar los conflictos sociales a través de la vivencia particular y de las emociones no se limita al campo de las “nuevas masculinidades”. Las políticas identitarias terminan de consolidarla, sustituyendo categorías materiales por definiciones fluidas y subjetivas. No es casualidad que ambos discursos suelan aparecer juntos. Lo político se diluye en lo emocional.

La historia del feminismo señala otra cosa: ningún avance en la igualdad llegó por la vía de la introspección masculina, sino por la organización política y la lucha colectiva de las mujeres. El voto, el divorcio, el aborto, el acceso al trabajo, las políticas de igualdad o de protección frente a la violencia fueron conquistas políticas antes que cambios culturales. Los cambios en la conciencia fueron efecto de los cambios materiales y de las luchas organizadas, más que su causa principal.

El patriarcado no es un problema de conciencia individual, sino una estructura social que les da a los hombres más poder, más espacio y más autoridad. La educación debe intervenir haciendo visible ese sistema, neutralizando la violencia y modificando el lenguaje y las prácticas, pero por sí misma no puede redistribuir el poder ni corregir la desigualdad estructural. No sustituye a la política pública. Por eso la pregunta no es cuántos hombres se revisan, sino qué cambia materialmente.

El patriarcado no desaparece porque los hombres se sientan mejor consigo mismos. Desaparecerá cuando dejen de ocupar la posición dominante.


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