Contra la violencia misógina y la xenofobia: más coeducación
Reproducimos aquí el artículo de nuestra compañera de DoFemCo Maricruz Garrido “Contra la violencia misógina y la xenofobia: más coeducación” publicado en El Común el 24 de mayo de 2026.

Arden las redes sociales estos días tras el brutal intento de agresión sexual a una joven en Mérida, alentadas por la lógica indignación que a todo ser humano debería provocar el ataque y agresión sexual a una mujer.
Digamos “debería” porque, como bien se sabe, las cosas no siempre son como deberían ser, ya que, incluso dentro de las agresiones sexuales, se suele hacer diferencia según mujeres, clases, categorías o niveles de importancia, sobre todo en base a si esa violencia va de arriba abajo o de abajo arriba.
Llama la atención que esta indignación tan vistosa, este fuego destructivo desatado en medios y redes sociales, prendiendo una estopa social seca de ignorancia y miseria crítica no sea, ni se acerque siquiera, a la indignación que toda la sociedad debería tener cada vez que hombres españoles violan, vejan, o acosan a mujeres nigerianas, rumanas u hondureñas, por poner ejemplo de algunas situaciones, en puticlubs de carretera, campos agrarios de trabajo o centros de acogida de menores.
Refresquemos un poco la memoria, que es muy flaca cuando le conviene, recordando el caso de cuatro temporeras marroquíes de la fresa que denunciaron a su contratador, un empresario de origen español, por acoso sexual continuado en 2018; el abuso sexual, impune, de empresarios murcianos a chicas adolescentes tuteladas y en situación de extrema vulnerabilidad (de 2014 a 2024) o el caso de cientos de chicas de origen migrante, acechadas por proxenetas, cual aves de rapiña, en cuanto cumplen 18 años y salen de centros de acogida, para captarlas y explotarlas en redes de trata y prostitución.
Cierto que los medios se han hecho eco y las feministas los hemos denunciado, pero ¿es la respuesta social proporcionada? ¿Acaso alguien recuerda una miserable chispa social, un comentario de “pueblo, alzaos contra el putero violador” un “acabemos con los empresarios pederastas”? ¿Dónde está, en esos casos, vuestra ardiente indignación? ¿Será que, para tanta gente, el mismo delito tiene más valor si “los otros” atacan a “las nuestras” que si “los nuestros” atacan a “las suyas”? ¿Por qué las mujeres somos “de alguien”? ¿No será que, como históricamente viene pasando desde el inicio del patriarcado, lo que ofende es el “asalto a la propiedad”?
Conviene recordar, tanto a la chusma política xenófoba como a personas simpatizantes de las hazañas, imperialismos y conquistas varias que, en su profunda misoginia (incluso no reconocida) e incapacidad crítica, probablemente conozcan sólo la parte de la historia que les interesa, para justificar su posición dominante, y que desconozcan todo el recorrido que el odio hacia las mujeres lleva siglos haciendo, de la mano de la xenofobia, ya que ambas se alimentan del mismo substrato: la jerarquización de la sociedad y la opresión de todas las mujeres, inherentes al patriarcado.
El odio al extranjero varón está bastante instalado en el imaginario social colectivo; así nos lo ha inculcado, durante siglos, la cultura popular, los cantos, las retahílas, los romances que nuestras abuelas, bisabuelas y tatarabuelas han cantado y transmitido oralmente durante siglos, patrimonio inmaterial de la humanidad, en los que, invariablemente, siempre era un moro el que atacaba a nuestras castas mujeres cristianas. Un rey moro que mató de hambre a su hija Delgadina por no querer ser su esposa, un rey moro que tuvo un hijo, que Tranquilo se llamaba, y que violaba a su hermana, un moro de cuyas costillas vengo de hacerme una silla/ para cuando vuelva el hijo/ de la guerra de Melilla. Siempre los moros, los negros, los otros raptando, violando, matando.
Refresquemos también a todas esas personas, supuestamente letradas y henchidas de orgullo nacional, las muchas leyendas que alimentan su ego conquistador: la de Troya, los nibelungos, la de Boudica, la de Florinda la Cava y el rey visigodo Don Rodrigo, el rapto de Lucrecia, el Cantar del Mío Cid.
No os dejéis engañar: están utilizando, como siempre han hecho, el agravio a una mujer, hoy sucedido en Mérida, (insistamos, perpetrado por un hombre “de fuera”), como tantas veces antes: para así justificar el uso de la violencia de los hombres, los linchamientos, las guerras. Las mismas en las que, paradójicamente, la violación, causa original del agravio, es utilizada por esos hombres ofendidos como arma y justificación para violar a las demás.
No vamos a impedir que este fuego destructor de racismo y misoginia deje de arder, pero sí que consiga su objetivo. Para eso necesitamos la implicación de todas las instituciones, y una intervención urgente y bien estructurada en el ámbito educativo, porque nuestros adolescentes, futuro de esta sociedad, presentan preocupantes actitudes de negacionismo de la violencia machista, a la vez que aumenta cada día en las aulas la misoginia, también los discursos racistas, xenófobos y de odio, como denunciamos las docentes feministas en el reciente III Congreso Internacional DoFemco 2026.
Las instituciones educativas tienen que ponerse ya a trabajar para retomar la memoria histórica de las mujeres en el currículum, contar nuestra parte de la historia, que ésta deje de estar sesgada y manipulada. Urge reeducar en el respeto mutuo, la verdadera igualdad. Urge, más que nunca, para que la estopa social deje de estar seca de ignorancia y se riegue con pensamiento crítico, feminismo en las aulas y coeducación real.


