«El aprendizaje de la violencia en los contextos educativos: entre adolescentes y jóvenes»

Artículo de Esther Pedroche en el periódico El Común:

A continuación voy a reproducir la charla que di el 4 de marzo de 2021 en la Facultad de Ciencias Sociales de Talavera de la Reina dentro de las Jornadas: “Igualdad entre sexos. Una reivindicación pendiente”. Un título muy acertado porque el Feminismo en la actualidad está viviendo un momento crucial y visibilizar que el origen de la opresión patriarcal es el sexo y que las oprimidas por este sistema somos las mujeres es absolutamente necesario, aunque parezca obvio. Citando a Brecht: “Qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”.

Pasemos pues a analizar los tiempos que vivimos en el contexto de la educación secundaria:

Empecé a trabajar como profesora en el curso 98/99. Eran tiempos de cambios de leyes educativas, se estaba implantando aún la LOGSE y se hablaba mucho de renovación en la educación. En el curso anterior, cuando hice el CAP (curso de aptitud pedagógica necesario para ser docente entonces) e hice montones de cursos de formación para el profesorado en varios CPRs (centros para formar al profesorado que ya no existen en Castilla La Mancha) se nos hablaba de la importancia de introducir en el currículo la educación para la igualdad entre hombres y mujeres y la educación afectivo-sexual, de hecho, un tema transversal incluido en el currículo se llamaba así: educación para la igualdad. En la actualidad, en la ley educativa vigente (apunto que todas han sido modificaciones de la LODE y luego de la LOGSE) y en el currículo vigente de Castilla La Mancha se incluyen como objetivos generales tanto de la ESO como del Bachillerato la educación contra el sexismo y la educación en igualdad entre los hombres y las mujeres. Es decir, desde que soy profesora hay un mandato legislativo para que el profesorado forme al alumnado en valores de igualdad, en Feminismo, vaya. No obstante, la realidad del día a día en las aulas de secundaria, aulas que llevo pisando 23 cursos (salvo mis dos permisos de maternidad –que no bajas– y dos meses de liberada en funciones sindicales) todo esto no ha pasado de ser papel mojado. Sigo oyendo y escuchando en todos los foros que es imprescindible introducir en el currículo la educación feminista, la coeducación; las legislaciones mandatan que se haga (recordemos la Ley Igualdad de 2007) y las legislaciones internacionales (CEDAW y convenio de Estambul) más de lo mismo. ¿Pero cuál es la realidad? Voy a centrarme en Castilla La Mancha, aunque la radiografía es bastante parecida en toda España:

 En Castilla La Mancha no hay responsables de igualdad en los centros (la ley de 2007 obliga a ello y estamos en 2021). Nunca ha sido un eje prioritario de la inspección educativa este tema. En un curso del Instituto de la Mujer de este año, mientras Carmen Ruiz Repullo hacía su ponencia, tuiteé a la Consejería de Educación para volver a hacer notar este hecho. La contestación fue que en los Consejos Escolares (que como todo el mundo sabe la LOMCE dejó sin atribuciones reales) existe un responsable de igualdad, aunque yo formo parte del Consejo Escolar de mi centro (y hasta del Consejo Escolar Municipal de Tomelloso) y constato que esto no es así.

 Los currículos de secundaria siguen ignorando a las mujeres. Ni una sola mujer entra en el temario de la EvAU de Castilla La Mancha en la materia de Historia de la Filosofía y tengo entendido que esto ocurre también en el temario de Lengua Castellana y Literatura. Ana López Navajas demostró ya en 2015 que la presencia de las mujeres en los manuales de la ESO alcanza el ridículo 7.6 %, 109 manuales examinados de todas las materias de 1º a 4º de la ESO dieron estos resultados. ¿Cómo se aprende la violencia en los contextos educativos? Pues con la primera y principal: la violencia simbólica. La exclusión de las mujeres de la cultura se sigue transmitiendo con total normalidad, el sesgo androcéntrico del currículo escolar es el pan nuestro de cada día. Se sigue transmitiendo que las mujeres no hemos aportado nada importante a la historia de la humanidad y, por tanto, las niñas siguen careciendo de modelos vitales donde poderse ver reflejadas y a partir de los cuales proyectarse. Se habla mucho en todos los ámbitos (político, académico, social…) de igualdad, pero esto sigue sin traducirse en hechos. Es evidente que la realidad es bastante desalentadora. Yo, desde luego, he perdido la esperanza de impartir alguna materia específicamente feminista antes de jubilarme (para lo que aún me quedan más de 14 años), aunque lleve 23 años trabajando el Feminismo en el aula porque así lo dice la ley. Cosa que también me ha costado insinuaciones veladas de “adoctrinamiento”. Tiene gracia que educar en la igualdad sea tildado de “adoctrinar” pero transmitir el androcentrismo y la misoginia sea visto como neutralidad valorativa.

 Aparte de la legislación y los currículos, ¿cómo está la situación en las aulas de secundaria y entre los y las adolescentes? He de decir que durante estos 23 años sí he notado cambios. Cuando empecé a trabajar había cierta apertura del alumnado a tratar estos temas. No obstante, la gran mayoría percibía que el Feminismo era algo pasado de moda, porque en nuestro país la igualdad, decían, ya se había conseguido. Toleraban bien que se trataran temas históricos o que se analizara la situación de las mujeres en otras partes del mundo, pero cuando tocaba analizar el contexto propio, todas y todos decían que sus casas eran igualitarias y ellas repetían que no habían sufrido ningún tipo de discriminación y menos de opresión. Mostrarles datos ayudaba a salir de la ensoñación de la igualdad. Después vinieron unos años “rarunos”, los llamo yo, porque me sorprendía con alumnas de 4º de la ESO que me hablaban del Patriarcado (yo me emocionaba cuando me las encontraba) y a la vez, esas mismas alumnas, hablaban de la prostitución (esclavitud sexual) como de un trabajo y llegaban a decir que era un trabajo “empoderante”… Estos han sido los años en los que se ha hablado de la cuarta ola, ciertamente creo que ha existido y existe, aunque la cantidad de mujeres que se han ido sumando al movimiento feminista no ha ido acompañada de la concienciación y la profundidad en las reflexiones que sería necesaria. De todos modos, más de cinco veces comprobé que alumnas que manejaban este discurso en 4º de la ESO llegaban a 2º de bachillerato habiendo entendido que la prostitución había que abolirla, lo que no implica nunca estigmatizar a las mujeres en situación de prostitución y sí poner el foco en el proxeneta y en el putero. Junto a este grupo de chicas muy implicadas en el tema, empecé a encontrarme grupos de chicos reacios a tratar el asunto de la igualdad, con una actitud claramente beligerante y, por supuesto, negacionista de la violencia machista. Empezaron los discursos de las “feminazis”, del “hembrismo” y de las denuncias falsas. Por más datos que mostraba, por más veces que mostraba noticias de todos los periódicos (desde los más liberales y conservadores hasta los tenidos por diarios de izquierdas) daba igual. Negaban los datos que las instituciones (el CGPJ, el INE y hasta la RAE) ofrecían. Sí, he dicho RAE, porque la batalla del lenguaje también es importante y acudir a las entradas de las palabras hombre y mujer que aparecen en el diccionario de la RAE es esclarecedor. Si le añadimos las mil acepciones que recoge el diccionario para llamar “putas” a las mujeres, la acepción de palabras como cojonudo frente a coñazo y que entre el alumnado se sigan repitiendo los mismos mensajes que yo repetía cuando era alumna (los chicos que tienen muchas novias siguen siendo “machotes” y las chicas que tienen muchos novios siguen siendo calificadas de “putas” –sí, esto sigue pasando en las aulas del siglo XXI–), la situación nos lleva a un desesperante día de la marmota.

Por cierto, la JCCM hace ya años que legisló para incluir el lenguaje inclusivo en todos los documentos y en todas las instancias públicas; pues bien, en el claustro inicial de este curso volví a señalar la importancia de nombrar a las profesoras y no solo a los profesores, a las alumnas y no solo a los alumnos y a los padres y no solo a las madres (aquí siempre se habla de madres, qué curioso) y volví a toparme con la incomprensión de gran parte del claustro.

Los años pasaban, fui madre e incorporé a mi acervo vital no solo mis experiencias como mujer y como feminista, también mis experiencias vitales como madre. Las relaciones sociales que conlleva la maternidad dan para escribir un libro y la ausencia de relatos sobre maternidades reales hasta dentro del discurso feminista darían pie a una tesis doctoral. Pero voy a centrarme en un hecho que me llamó poderosamente la atención. Mi hija, que hoy tiene 15 años, me pidió cortarse el pelo cuando tenía 8 o 9 años. Por supuesto, se lo corté. Al día siguiente vino llorando del colegio porque un niño le había llamado “Eleno”. Esto me sorprendió muchísimo pues mis hermanas y yo (somos 4) siempre llevamos el pelo corto y nadie nos dijo nunca nada. De hecho, muchísimas niñas de entonces llevábamos el pelo corto y no pasaba absolutamente nada. Me sorprendió, porque más de 30 años después mi hija debía enfrentarse a una cosa nueva que yo, docente feminista, creía más que superada: los estereotipos sexistas. Es cierto que ya me había percatado de que comprar ropa unisex era tarea imposible y me llamaban la atención los pasillos interminables rosas y azules de las jugueterías (después de llevar décadas concienciando sobre que los juguetes no tienen sexo y que no hay juguetes de niñas ni de niños). Comprobé que la socialización de mi hija estaba siendo más estereotipada y sexista que la mía, lo que me alarmó muchísimo y terminé de tomar conciencia de la realidad el día que fui a comprar un estuche escolar y me preguntaron: ¿para niña o para niño? A lo que contesté, para los bolígrafos y los lápices.

Paso a centrarme ahora en la realidad de las niñas y adolescentes de hoy, que como he adelantado, no es una realidad nada halagüeña (lamento no transmitir buenas noticias).

Las chicas de hoy viven una realidad donde se las hipersexualiza a edades cada vez más tempranas, comparten aulas con chicos que tienen acceso a la pornografía desde los 8 años (según muestran los estudios), el mito del amor romántico sigue siendo el leitmotiv de la mayoría de las películas y series destinadas al público adolescente y los cánones de belleza impuestos, especialmente a las mujeres aunque desgraciadamente los varones también se incorporan a este mundo del consumo de cuerpos perfectos- siguen torturando la adolescencia de nuestras chicas. La adolescencia es una etapa de por sí complicada y difícil, pues bien, ellas lo tienen aún más difícil de lo que lo tuvimos nosotras. Vamos con los datos:

  • El 48% de las adolescentes españolas reconoce haber sufrido acoso sexual online, el 72% de los chicos usan pornografía para aprender educación sexual y el 29% de las chicas (noticia del 2 de marzo de 2021 de amecoPrees que se basa en el estudio de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género).
  • Más del 10% de las adolescentes españolas ha sido insultada o ridiculizada por su pareja, ha sufrido un control abusivo (incluye ceder contraseñas de móvil y de redes sociales), ha sido aislada de sus amistades o presionada para realizar actividades sexuales que no quería practicar. (Estudio Menores y Violencia de Género de la Delegación de Gobierno contra la VG publicado en 2020). Quiero resaltar el dato del 3,4% que ha sufrido agresiones físicas.
  • El 19,3% de las mujeres jóvenes que han tenido pareja heterosexual alguna vez ha sufrido violencia física y/o sexual y el 46,1% ha sufrido algún tipo de violencia psicológica (mayor incidencia que en mujeres de más edad según muestra la Macro Encuesta de Violencia contra la Mujer de 2019).

¿Qué hacemos en la educación secundaria para frenar todo esto? Nada, salvo depender del voluntarismo de muchas profesoras feministas que nos dejamos la piel en las aulas para trabajar estos temas, contra la oposición de gran parte de nuestros claustros y ante el ninguneo constante de nuestras autoridades educativas que nunca, nunca nos consultan sobre las medidas legislativas, los programas educativos o las acciones que se pueden llevar a la práctica.

En lugar de marcarse como prioridad frenar estas cifras que todo indican que van a ir en aumento, se priorizan otra serie de medidas que no ayudan y que más bien confunden. No hay ningún protocolo contra la violencia machista en el ámbito educativo, cuando a diario los niños de 2º de la ESO tocan el culo a las niñas, lo que se sigue considerando cosas de niños en los centros. Sin embargo, hace tres cursos se realizó un protocolo de acompañamiento al alumnado trans, al que se le dio publicidad y para lo que se mandaron varios correos a los centros docentes obligando a formar al alumnado y al profesorado en temática trans. ¿Para cuándo un protocolo contra la violencia machista? ¿Para cuándo dar publicidad a la coeducación y obligar a formar en feminismo al alumnado y al profesorado? Además, este protocolo «trans» convierte al profesorado en policías del género y nos obliga a notificar aquellas conductas de nuestro alumnado que se no correspondan con su género (¿pero no decíamos que no había cosas de chicos y de chicas?).

Por otro lado, en los cursos de formación al profesorado hace tiempo que se viene repitiendo el “mantra de la identidad de género”, cuando el género es el conjunto de estereotipos y roles que el Patriarcado asigna según el sexo y, por lo tanto, el instrumento para oprimir a las mujeres. ¿Cómo puede ahora defenderse que es una identidad? ¿Se puede legislar como identidad la opresión de la mitad de la humanidad? 

Se llevan talleres a los centros donde se les explica al alumnado que el género se encuentra en el cerebro, el sexo en los genitales, la expresión de género en la vestimenta y la orientación sexual en el corazón. En serio, que haya que combatir ahora el neurosexismo, que haya quienes se dicen feministas y hablen de cerebros rosas y azules o de identidades innatas al margen del cuerpo (volviendo a Platón y a la idea del cuerpo como cárcel del alma) es tremendamente descorazonador. Sobre todo, porque estos talleres deshacen el trabajo de años que las profesoras feministas estamos haciendo de forma callada, pero constante. Porque la reacción patriarcal es tan fuerte que el alumnado hace tiempo que no escucha y para poder trabajar estas cosas es necesario tener cercanía con el alumnado, haberse ganado su cariño previamente y su respeto. Solo así escuchan y se abren a la posibilidad del análisis y la crítica de la realidad en la que vivimos, objetivo de toda educación feminista (y de toda educación).

Para terminar, baste lo expuesto y hasta mi tono indignado, como grito desesperado de una docente feminista que se siente sola, luchando contra viento y marea, que desea que las palabras se conviertan de una vez en realidad y que por fin el feminismo sea valorado como lo que es: una teoría filosófica y política, con más de tres siglos de elaboración teórica y de praxis que ha incidido en el cambio del mundo y que apuesta por seguir cambiándolo, porque solo un mundo donde la mitad de la humanidad también esté incluida en él, será un mundo justo. Si, como dice Amelia Valcárcel, “el feminismo es el hijo no querido de la Ilustración”la educación feminista o coeducación es la hija favorita del feminismo, una hija que hace años se hizo mayor de edad y que exige entrar ya en todas las aulas de secundaria de nuestro país.

Accede a la publicación del artículo en el diario El Común. 

 


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